“Historia crítica del Taekwondo en Chile”
- 5 sept 2025
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Por el primer intructor y maestro chileno: Rodrigo Sanchez
Al examinar con mirada autocrítica el devenir del Taekwondo chileno, debo admitir que, en parte, fui responsable de los desajustes que sufrió la Federación Chilena de Taekwondo en relación con la concesión de grados de cinturón negro. El punto de inflexión ocurrió en 1996, cuando el Maestro Hong Ki Kim organizó en Miami un seminario internacional para árbitros. En un gesto inédito de apertura hacia América Latina, se permitió excepcionalmente la participación de terceros danes —cuando el requisito formal era cuarto dan—, e incluso el curso se impartió en español.
Con la intención de favorecer al país y aumentar el número de árbitros internacionales, se resolvió examinar a Mario Mandel y a Cristian Gómez,

quienes en ese momento ostentaban apenas segundo dan. Pese a que su nivel técnico no alcanzaba los estándares exigibles para un ascenso legítimo, primó la idea de un bien superior. Fue así como autoricé sus promociones. Sin embargo, Gómez no viajó y solo Mandel alcanzó la calificación internacional. Tres años más tarde, en Edmonton (Canadá, 1999), un nuevo seminario reavivó el dilema: Gómez insistió con vehemencia en ser elevado a cuarto dan, alegando incluso —falsamente, según corroboré con el propio Maestro Cha Sok Park, presidente de la PATU— que aquel lo obligaba a participar (“me puso la pistola al pecho”, repetía). Ante la presión y la premura del tiempo, nuevamente autoricé el ascenso, sin corresponderle por nivel técnico. Mandel, por su parte, también reclamó equipararse, pero su examen se postergó.
De regreso de Edmonton, el gasto ya estaba hecho y la situación se tornó irreversible. La esperanza era que ambos, conscientes de la oportunidad extraordinaria que habían recibido, trabajaran con esfuerzo para alcanzar la solidez técnica que no poseían. Pero nunca ocurrió. Gómez, aunque certificado como árbitro internacional, jamás ejerció; solo utilizó el proceso como pretexto para alcanzar un grado muy por encima de sus posibilidades reales.
Ese mismo 1999, mi renuncia a la presidencia de la Federación —tras asumir la vicepresidencia del Comité Olímpico— dejó a Mandel como presidente interino, secundado por Gómez. A partir de entonces se desató el deterioro institucional. En posesión del poder, ambos se autoasignaron grados apenas cumplían los plazos mínimos y, durante más de dos décadas, consolidaron su control sin méritos técnicos ni éticos. Se autoproclamaron “Maestros”, aunque su dominio práctico difícilmente superaba el de un segundo dan, como cualquiera podía comprobar al verlos ejecutar movimientos básicos.
Lo más grave fue que los grados dejaron de ser un reconocimiento de esfuerzo y se convirtieron en moneda de cambio político, instrumento para perpetuarse en el poder y acceder a beneficios económicos, viajes y privilegios que sus circunstancias personales jamás les habrían permitido. Mandel, otrora taxista que complementaba su ingreso vendiendo frutos secos en bolsitas elaboradas en el garaje de sus suegros, creó una empresa de equipamiento deportivo y, valiéndose de triangulaciones, se autoabasteció desde la propia Federación, incurriendo en claros conflictos de interés. Gómez, en tanto, sin trabajo estable ni profesión concluida, había fracasado en un proyecto agrícola que terminó consumiendo los ahorros familiares.
Aun como vicepresidente del COCH, seguí procurando el progreso del Taekwondo nacional. Gestioné, por ejemplo, que Gómez viajara becado a la Academia Olímpica en Grecia, con el propósito de retransmitir a los instructores chilenos los conocimientos adquiridos. No obstante, a su regreso, nunca cumplió con esa misión, dilapidando así una inversión significativa.
Cabe recordar que, en mis inicios, hace ya medio siglo, los maestros coreanos nos enseñaban la existencia de un código no escrito para los ascensos superiores a cuarto dan. Dicho código, corroborado hasta hoy por maestros de alto rango, establecía tres exigencias fundamentales, de las cuales debían cumplirse al menos dos:
Haber recibido enseñanza sistemática y guiada, durante al menos una década, de un instructor calificado, con una carga mínima de 250 horas anuales.
Haber sido seleccionado como competidor en un ciclo olímpico, con la exigencia de entrenamiento intensivo que ello implica.
Haber demostrado constancia, liderazgo y disciplina, sirviendo de ejemplo en la práctica y en el apoyo a la comunidad marcial.
Cumplido el primero, junto a uno de los otros dos, era posible aspirar a grados mayores. Pero lo esencial era el compromiso con el esfuerzo personal y el rigor técnico. Dar clases, aunque digno, no suplía el entrenamiento propio. Tampoco era creíble una progresión sostenida únicamente en plazos mínimos: la maestría requiere tiempo, sacrificio y una asimilación genuina de la disciplina.
La biología misma lo confirma: iniciar el entrenamiento en la infancia multiplica las posibilidades de alcanzar niveles técnicos superiores. Un niño que comienza a los seis años desarrolla destrezas que resultan inalcanzables para quien empieza en la adultez. Así, en Taekwondo, es improbable que quien logra primer dan tras los veinte años alcance la solidez técnica de aquel que, con perseverancia, inició desde pequeño.
El olvido de este código no escrito y la transformación de los grados en meros instrumentos de poder explican, en gran parte, la decadencia del Taekwondo federado en Chile.

